¿Por qué no me siento como esperaba?

En los últimos años, se está haciendo hincapié en dar a conocer todas las caras de la maternidad. Y es que se dice que la maternidad es un proceso precioso. Puede serlo, sin duda, pero también es muy intenso, demandante y con muchas emociones encontradas. 

En ella podemos experimentar emociones negativas, también. Esto nos genera muchas preguntas.  Nos sorprende sentir angustia, miedo, tristeza, malestar, etc.  

Y es que en esta etapa influyen muchísimos factores. 

Durante el embarazo se produce un aumento de numerosas hormonas que juegan un papel imprescindible en la gestación, y al mismo tiempo son causa de la montaña rusa de emociones que experimentamos. Tras el parto, se produce un descenso brusco de algunas de estas hormonas (progesterona y estrógenos, principalmente), lo que puede favorecer la aparición de emociones negativas, lejos de lo que habíamos imaginado que sentiríamos con nuestro bebé en los brazos. También se reducen nuestros niveles de serotonina, lo cual provoca sentimientos profundos de malestar, irritabilidad, desesperanza, frustración.

Por otro lado, con el nacimiento de nuestro hijo se suceden numerosos acontecimientos que ponen en jaque toda nuestra forma de vida antes conocida. Tenemos que cambiar nuestras rutinas para asumir esa nueva y gran responsabilidad. Sentimos que cualquier decisión afectará a otro ser vivo que depende de nosotras. No solo nos enfrentamos a la lactancia y a una recuperación física, de la que hablaré luego, a veces nos cuesta reconocernos. ¿Sigo siendo la mujer que era o solo soy la madre de mi bebé?. Pasamos por una etapa en la que a veces ni siquiera cubrimos nuestras necesidades básicas (no dormimos, comemos mal y rápido, no podemos ir al baño tranquilas, no tenemos la intimidad que nos gustaría). Todos nuestros hábitos, cuidado y tiempo para nosotras se ha visto reducido, ha disminuido su cantidad y su calidad. Es importante hablar de adaptación, de autoconcepto, de lo que nos supone enfrentarnos a ciertas decisiones, etc. Esta cantidad e intensidad de emociones tan poco esperadas en muchas ocasiones genera un peso aplastante.

Además, está todo aquello que engloba el aspecto más físico. El parto supone un esfuerzo enorme del que tenemos que recuperarnos y reponernos al mismo tiempo que cuidamos a la nueva personita que está a nuestro cargo. Tenemos que alimentarle cada vez que lo necesite, acunarle, vestirle, bañarle, calmarle… estar alerta de todas las necesidades de nuestro bebé al que aún no entendemos. Es un aprendizaje continuo y bonito pero laborioso y agotador. 

 Algunas mamás, también tienen que enfrentarse a una dura recuperación física tras el parto. Cicatrices, hematomas, pérdidas severas de sangre y otras complicaciones que a veces pueden llegar a impactar mucho en nuestra vida. Nadie nos había avisado de que sería así. En ese momento en que nos sentimos doloridas y estaría muy indicado el reposo es complicado sacar tiempo para descansar. En este periodo, el postparto, prácticamente todo y todos se centran en el bebé. 

La alimentación del bebé es otro tema que a veces nos produce ansiedad. Si optamos por la lactancia, en ocasiones nos supone una experiencia desbordante, especialmente al principio. A veces duele, no encontramos una postura adecuada, el bebé no se engancha bien, ¿estará comiendo suficiente?, se complica con una mastitis. Si optamos por la lactancia mixta o sólo leche de fórmula también nos surgen dudas, o pensamientos que nos produce un gran malestar, y nos preguntamos: ¿acertaremos con las decisiones que tomamos?, ¿cómo influyen estas decisiones en la vida de nuestro bebé? Todo ello genera ansiedad.

Si además no contamos con el apoyo de familiares, o escuchamos “consejos que desaconsejan”, se suele incrementar esa sensación de que la maternidad no es lo que esperábamos. 

Podemos estar tristes, irritables, agotadas, sin apetito o con un hambre incontrolable, apáticas y sin disfrutar de las actividades que antes nos gustaban por cansancio o por falta de ganas. Estos son síntomas de depresión, y no siempre tienen que ver con esa depresión “medicalizada”, sino que cuando somos madres existen numerosos cambios para los que necesitamos una adaptación y poco a poco nos vamos acomodando en este nuevo rol, con tiempo y ayuda. 

Es fundamental escucharnos y cuidarnos. Hablar abiertamente de lo que nos supone tomar ciertas decisiones, compartir los miedos, sincerarnos sobre nuestra maternidad sin tabúes, buscar apoyo si lo consideramos. No tenemos que controlarlo todo, ni tampoco siempre. No estamos solas. 

Cuídate para poder cuidar… y si estos sentimientos duran en exceso o te impiden realizar tu día a día, recuerda que siempre podemos acudir a una persona especializada para acompañarnos en la adaptación y gestión de todos pensamientos y emociones nuevas.

ESCÚCHATE MAMÁ, HAZ CASO A TUS EMOCIONES.

Beatríz Rubia: Psicóloga

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